Ella lo recordó/descubrió, los sueños caducan. De ahí la incertidumbre, el aburrimiento y el miedo. Había estado tan ocupada asustada por enterarse que todos los habitantes de aquel planeta vivían divididos, con cuerpo mecánico, la mente capaz de construir mil muros pero ni un solo puente, y un ambiguo holograma como única idea de un alma, que se olvido de soñar para llevarse, como un par de remos, como un par de piernas.
Por unos instantes de siglos, estuvo a la deriva.
Una cosa era cierta: Su ingenuidad (La de ella, por supuesto). Eso la hacía tardarse siempre en enterarse que todo era parte de aquella (para ella incompresible) moda de esconder el corazón en alguna parte. ¿Porque alguna criatura preferiría vivir en pedazos? Nunca había leído nada parecido en ningún cuento.
Como ella era una, y el cuerpo era alma, y la mente también dominaba la piel, cuando algo le llegaba a doler, le dolía hasta muy dentro, naturalmente es más difícil ser un entero.
Por unos instantes de días, pensó en intentar dividirse.
Intentó hiper-extender la distancia entre sus sensaciones y sus anhelos, en algún momento parecía de lejos una jirafa borrosa pero el dolor le pareció insoportable, desistió y se apresuró a caer desmayada en donde pudo para soñar.
Soñó entonces que ella era la violencia del mar, toda, la salinidad aparatosa de olas insaciables (¿que otra cosa puede reflejar el movimiento así?). Aquella era su premonición, su ejercicio neuroplástico. Ya había sido alguna vez ola de litoral, como cualquiera, ya había sido la mar en calma, con poca profundidad. Pero esta vez había bogado mar adentro, mar abierto, mar hambriento. Tal vez estaba en un punto en que la estrella más cercana y el fondo del mar estaban a la misma distancia. Era su miedo, entero. Era su muerte. Ya nada va a detenerse.
Despertó. Maravillosamente exaltada y briosa. El sueño permanecía intacto en su ser. (¿Algo así podría soltarla alguna vez?)
Recordó/Re-descubrió que la violencia de la mar no es más que correspondencia Lunar.
Curioso despertar con el cuerpo deshecho de cansancio y el espíritu tan entero. Con la osadía de encarar lo que sea. Ponerse de pie ante el temido desconocido. Mirarle a los ojos. Saber, de esa forma, que no hay nada malo en el universo salvo el miedo. Y que el miedo siempre tiene que ver con uno mismo. Ni siquiera con el temido agresor. Basta de agresiones propias. Si uno va a meterse el pie a un
Divago nada más. Me obligo a escribir en la modorra y sin lentes para bajar a la idea del techo, a veces las escobas/plumas no alcanzan para tanta telaraña de colores, como si la maquina del algodón de azúcar hubiera explotado.
Ojalá también así de dulce.
Para variar se acaba la tinta, es lo malo del gel, se deja ir aun más con mis cursivas ilegibles. Cambio de pluma, cambio de dinámica. Esta es m
Casó desesperada toda la noche, todas las imágenes que pudo. Despertó sedienta.
Bebió, le resultó tremendamente refrescante, luego reflexionó al respecto de la afluencia en aumento de la palabra “desesperada” en los últimos días.
-Si la dejo ser, va a acabar siendo una nueva muletilla.
Supuso que seguramente estaba tratando de nombrar algo. Mal-logrando, por supuesto.
Era curiosa nada más, para na
No, la verdad es que no mes gusta hablar de lo que siento cuando bailo, tal vez porque siempre que lo intento, acabo moviéndome de nuevo, aunque sea sólo para sugerir un movimiento más profundo. Así que he decidido que es cosa mía.
Finalmente, me he llevado la mitad de mi vida intentando hacerme de “palabras” de movimiento que articulan el gran “texto” de mi interior.
Si nadie jamás ha recibido nada, de mis ideas/movimientos, entonces hay algo mal.
Pero no me malinterpreten, no estoy fatalizando, estoy aprendiendo a “hablar” (ó hablailar?) (ó aún peor hablailartar, por aquello de habitar)
Ya lo ven, mis juegos de palabras. ¿Cómo sería posible un juego de “palabras” de movimiento?
En fin; Soy bailarina.
Uno de los conceptos con los que convivo con mayor placidez es “acondicionamiento físico”. Y, aunque es evidente, me ilusiona por que aspira a desarrollar las condiciones (*Condición: Requisito, situación ó circunstancia que es necesaria ó se exige para que sea posible una cosa.) de un cuerpo. Ó se esmera en proveer las “condiciones” precisas para que el cuerpo suceda en una estrictamente infinita lista de posibilidades.
Nací en un cuerpo que a tenido la gentileza de dejarme hacer y ser. Siempre, cuando me enfrento a un límite, en realidad se trata de un miedo atrapado, de una ignorancia ó de una carencia de ejercicios imaginativos, nunca ha habido algo que, con la debida guía, mi cuerpo no haya podido lograr y habitar.
La única jaula es la mente.
Si, lo ven, no me atrevo a decir “mi” mente.
Nunca he tenido la sensación de no caber en algún lado, porque todas mis articulaciones están siempre ansiosas de plegarse y desplegarse hasta concebir las más distorsionadas imágenes de un cuerpo humano.
Hay una cierta chiclosidad en las líneas que se puede dibujar con mi ser, que (y hasta ahora reparo en ello) atribuyo a que durante mi niñez y aún hoy, cuando así me place, bebo tazas enteras de gelatina aún hirviendo, de piña en el 95% de los casos. Cuál si fuese un té de movimiento.
Me gusta esa hipótesis, sumada a que si no me estiro es como si hubiera dejado vacio mi cuerpo por un incómodo y largo silencio. Adoro estirar. Adoro intentar llevarlo al extremo. A veces siento una contradicción; es como si me expandiera al mismo tiempo que me compacto más a mí.
Como si fuera una terapia de ser más yo…
Me gusta esa hipótesis porque está impregnada de recuerdos, habla de la parrillita en que mi tía abuela, toda blanca y gigante con sus dos bastones y su mal humor, ponía su pocillo para hervir agua con polvo de gelatina de piña.
Nuestra favorita.
En esos días ELLA me enseñó a leer, a no correr, me enseñó a respirar en cada coma, gritaba histérica y estricta cuando me apresuraba, y asentía satisfecha si hacía exageradas pausas cada que se acababa un párrafo ó una idea.
Leer era importante, siempre lo ha sido, a ella, que ya no leía sin sus lentes y a sus hermanos, ciegos ambos.
Siempre he tenido dos lenguas; al leerles, construía un mundo de imágenes e ideas, yo era sus ojos, a través de mis lecturas de aprendiz, los 3 ancianos (4 hasta que murió mi bisabuela) imaginaban a través de mi voz.
Yo también imaginaba. Tanto!
La otra lengua era tocar, ser su bastón, abrocharles los zapatos, taparlos, rascarles la espalda, trenzarles el cabello. Tocar era mi voz, hablaba de mi presencia, y de su seguridad.
De niña llegue a acostumbrarme a que cada vez que los ayudaba en algo me prometían que cuando yo llegase a su edad, siempre tendría alguien que me abrochara los zapatos con ternura, ó trenzara mis canas ó fuese mi bastón para cada que decidiera dar “la vuelta al mundo” es decir, aquella excitante aventura de mi tío abuelo, de darle la vuelta a la manzana, con casi 70 entradas de garaje con todo y sus rampas a ciegas y con una niñita como única referencia de lo que depara el camino.
Ame a esos 3 niños canosos y arrugados con todo mí ser. Los perdí uno a uno, ó tal vez, los encontré más que nunca.
Luisa A. L González